lunes, 2 de julio de 2018

EL CANCHE



Cuando era adolescente, El Canche era mi vecino. Le decían así por obvias razones, tenía el pelo café claro, sin llegar a rubio, los ojos miel y el bigote pelirrojo. Era alto y delgado, con una voz ronca y segura de sí. Era un personaje torturado por un sino profundo, me recordaba a Van Gogh.

Creo que todo guatemalteco que ha crecido en el área urbana ha conocido a un “canche”, o a un “negro”, o el “chino”, o lo que sea. Apócopes que dan fe de la tipología del apodado. El Canche, era un tipo que me llevaba unos 15 años de edad y vivía con sus papás.

Vivía con sus papás porque estaba divorciado y tengo entendido, con hijas. Dos supongo. Era un vivo El Canche, se dedicaba a trabajos varios, a negocios improntos, creció en la Guatemala ciudad en pleno conflicto armado, no se dio cuenta de ello, creo.

Se mantenía en una tienda a dos cuadras de la casa donde se juntaba con otros de su edad a tomar cerveza y fumar, a comer panes con chile relleno que vendían en el local y a emborracharse con la dueña, que patrocinaba un día sí y otro no, las juntas de los enfants terribles de la colonia.

Ya no eran tan enfants, podía encontrar allí a gente uniformada de banco, de tipos engrasados que reparaban autos en los garajes de su casa, que supongo, vivían igual que El Canche, con sus papás. Eran hombres de grandilocuentes charlas con planes inacabados. Con trabajos de necesidad y no de gusto.

A veces me encontraba con El Canche caminando rumbo a su casa, donde su madre le esperaba con la pena de ver a un hijo que anda por el mundo, bebiéndose. Eran charlas mínimas de dos cuadras, la ronquera aguardentosa hacía eco en las paredes.

“Hoy sí la voy a reventar”, me decía. “Hay un negocio de llantas usadas que la gente no quiere y que lo vamos a vender a México, donde compran el caucho para reciclar”. Y nada. O, “Te vendo una televisión clásica, de esas viejitas pero buenas”, o, “Me voy a meter a política, conozco a un cabrón que está en el (inserte nombre de partido gobernante de turno) y me dará un hueso. Hoy sí la voy a reventar”.

Nada.

Vivía de la esperanza, esperando un golpe de suerte que siempre le fue esquivo. La Fortuna nunca asestó el golpe, pero siempre andaba herido, por la cruda o con sendos moretones en los ojos de broncas de cantina, de no dejarse de la vida, de no rescindir a un instante que le cambiaría la rutina.

Siempre le prestaba dinero. Algún billete que me pedía para armar un conato de negocio que siempre supe, era para el trago, para el vicio, para escapar, pero estaba preso de sí mismo, sujetado del cogote por sus demonios que lo puyaban con dolorosos tenedores.

La rehabilitación. Saltarse las paredes del centro. La pierna quebrada. Las épocas de ausencia de la casa paterna. La madre en constante espera. Los abrazos de las fiestas de fin de año. Y en enero, los planes, escritos en el aguardiente, pero escritos.

Luego me fui. Deambulé por los mismos caminos volcánicos: el exceso y la noche. Pero yo sí le agarré el manto a la Fortuna, encontré el camino de salida del laberinto y salí. Burlé al Minotauro. El vecindario se fue vaciando y habité una casa del vecindario, donde vivo aun.

En mis desvelos, en noche silentes de la Guatemala ciudad suburbana, mientras yo me devoraba miles de páginas de libros, podía a él escucharlo, devorándose las sombras de la calle, en un soliloquio. La ronca voz, una poderosa voz reptando debajo de los portones de las fortalezas de la cuadra, la risa de búfalo.

Hoy visité a mis padres y me dijeron que murió ayer domingo. Así amaneció, ya muerto, encontrado por su amorosa madre, una mujer deshecha por el dolor de haber enterrado a su esposo hace 15 años, un 1 de julio, igual que su hijo.

“Hoy sí la voy a reventar”, vaya mantra que elegiste, mano. Un grito de guerra de una pelea que nunca fuiste destinado a ganar. La vida te venció el pulso.

Que la paz te haya encontrado, Canche.

1 comentario:

René Villatoro dijo...

Yo conocí al Canche, solo que no era canche, era El Negro y al igual que El Canche, recién supe que falleció, tendido cuan largo era, en el portal de su casa. Ya no quiso entrar a su casa, prefirió quedarse bañado de luna y de estrellas. RIP