
Me entero por mi buen amigo José Farnés del intento de cierre que se hizo a su bar Bad Attitude por medio del Ministerio de Gobernación, con la subrepticia sugerencia del Ministerio de Cultura. Bajo la consigna que el rock no es cultura, quieren echarle candado a un antro que es el caldo de cultivo de muchos movimientos que no son tomados como culturales
per se, por el
establishment.
Me sorprende viniendo de la actual administración que tiene el Ministerio de Cultura. Es decir, no del gobierno que sabemos se espera de todo y no exclusivamente del actual, sino por antonomasia del poder. Allí un músico cual Saruman, está emberrinchado en su ley que el rock no es cultura, y se ha emperrado en dicha tarea desde su torre de marfil.
Los argumentos en el expediente que tiene abierto el bar son tres: 1. El rock no es cultura. 2. Por ser rock no ha aportado nada al Centro Histórico. 3. Se pide una investigación de los ingresos, porque no creen que Farnés pueda vivir del bar.
Puta, digo yo. Especialmente cuando en vez de hacerla de la GESTAPO cultural debería de asegurarse que las instituciones nacionales como la Escuela de Danza, no se queden sin servicios básicos y tengan que cerrar, como leí en la siguiente nota de
Prensa Libre. Es ridículo que se gasten el poco presupuesto en redadas para hacer intentonas de cierres de bares de rock.
Sí, los rockeros no son bonitos. Sí, se visten de negro. Va pues, vomitan en la calle. Órale, hacen bulla. He conocido muchos que no se bañan, pero es parte del
look “mofeta”. Y que no trabajan, porque están crudos. Pero esa subcultura tiene muchos matices antropológicos que son inherentes a esta formación social.
El aporte musical, las letras, las historias, eso hace que la ciudad sobreviva. Son necesarios. Tienen una relación simbiótica con la urbe, una ciudad sin rockeros colapsa sobre sí misma, ellos son la materia oscura que mantiene el balance gravitacional entre la politiquería mierda y las bellas artes.
Todo eso y más ha desfilado por el Bad Attitude. Me hago llamar un miembro honorario fundador de tal lugar. Llegué a los pocos días en que abrió sus puertas y fui un constante a través de los años. Se lo presenté a muchos de mis amigos quienes también lo han hecho su veneno de elección.
La cosa es simple: en ese bar se encuentra la buena charla que una ciudad mediana merece. Es decir, la sorna, el júbilo de un sector social que se resiste a morir. Sí la decoración al ojo superficial puede ser una apología a la muerte con el resto de calaveras que decoran el lugar, pero no, es un grito desesperado entre tanta hueva vivencial.
Nunca me he sentido tan vivo rodeado de calaveras. Allí he bailado reaggae, he escuchado rock progresivo, homenajes a los grandes del rock, películas fuera de la programación Hollywood, encuentros con escritores, foros de la escena musical, debuts maravillosos, reencuentros, acústicos íntimos, electrónica potente, cumbia pegajosa, irreverente hip hop, hipsters, cooperantes, playeras negras, intelectuales y no tanto.
El gestor detrás de todo esto, José Farnés. El “Ron Jeremy” de la producción de eventos urbanos por excelencia. Un tipo inteligente, bonachón, que se da a querer y a respetar por el apoyo incondicional a las propuestas artísticas que se le acercan.
Así que no chingue maldito burócrata y haga el trabajo que le corresponde, que es apoyar al arte en cualquiera de sus manifestaciones. Y administrar que el poco presupuesto institucional sirva para que sigan bailando las niñas, sigan pintando los niños y sigan escribiendo los poetas.
(O como mejor funcione la permuta: sigan bailando los poetas, pintando las bailarinas, escribiendo los pintores. O los poetas encima de las bailarinas, o los pintores haciendo óperas sobre ello… usted escoja).
Larga vida a mi bar favorito.
Aquí una entrevista con Farnés.