martes, 16 de septiembre de 2014

SAT ATMA SINGH KHALSA


Sergio de León y yo fuimos muy amigos en tiempos en que la juventud nos arrastraba del cuello a la intensidad, a los excesos, y salimos impunes. Seguimos cada uno su camino propio de búsqueda, la mía literaria y la suya espiritual. Fuimos calcos del gonzo y las discusiones sobre el tema nos llevaron noches y años.

Me contó de cómo logró apaciguar a los demonios y quiero trasladar esa lección resumida acá. Es una aproximación de su encuentro con la paz y ahora que se fue, su dolorosa partida me deja ese hálito de cometa: la belleza de la luz y la promesa del regreso. Para mientras, las estrellas brillan:

“Estimado Juan Pablo, percibo que te ha hecho bien apartarte de los medios privados y masivos, lo refleja tu buen humor. En lo personal mi humor también ha mejorado, fíjate que cuando vivía en Colombia, sentía que la vida me golpeaba inclemente en cada ángulo de mi existencia y de lo cual intentaba escabullirme –ahora sé que lo hacía para evadirme– a través de subterfugios químicos, naturales, fermentosos, que al final fueron solo palas que me sirvieron para cavar un hondo, mohoso y gélido pozo, inconscientemente buscaba algo que me ayudara a salir de ahí. Así empecé a practicar yoga”.

“Casi cuatro años han pasado desde aquello y aunque quizás no pueda rellenar el pozo, salí de ahí. No es que haya encontrado ‘La Iluminación’ pero sí encontré como saciar la insatisfacción y amargura de la que me ocultaba, logré sanar muchas heridas y enfermedades; ahora me sé enfrentar con los desafíos que aparecen sin necesidad de drogas y alcohol”.

“Recuerdo que muchos años antes hablamos mucho sobre el oficio del periodismo y el party, el único PP que dijiste por el que votabas. Pues sí, el PP llega a ser un lugar o un estado que en un principio parece acogedor y cálido, pero te abstrae y luego te va volviendo indiferente de hasta de ti mismo, al extremo que en determinado momento y circunstancias algo te dice que debes salir de ahí. Hay que escuchar esa vocecita, ¿verdad? Jeje.”

“Algunos lo hacen por temporadas, otros dejan sus cositas ahí guardadas, creen que pueden ir y venir, pero yo me encuentro más a gusto quedándome fuera. Cada decisión tiene su valor y sus consecuencias”.

Eso fue lo último que me escribió Sergio, quien dejó su nombre para ser Sat Atma Singh Khalsa, un maestro del yoga y la meditación. Un poderoso destructor del ego, un alma de paz que traspasó esta dimensión dejando un cuerpo y un linfoma que murió cuando dejó de latir su corazón. Él, Sat Atma, caminó.

Akal Akal Akal.

martes, 2 de septiembre de 2014

LA FARÁNDULA


Cumple un papel esencial en el imaginario colectivo. Es de suma importancia para el mundo, para la cultura, para las artes. No es sarcasmo. Es una realidad.

La farándula es un grupo privilegiado de personas que tiene la oportunidad de vivir como a buena parte de la sociedad le gustaría estar: con permisividad, con fama, con dinero, con hordas de almas en pena solicitando un autógrafo. Rodeado de gente bonita y lambiscona.

Porque actuar no es un trabajo, digamos, de ocho a cinco, sino un placer. Porque dirigir actores no es un trabajo, digamos, de lidiar con pasajeros que nacieron imposibilitados de entender la frase “donde caben dos, caben tres”.

Porque tocar un instrumento musical, o cantar, es menos difícil, digamos, que levantarse a diario a las cuatro de la mañana a arrear niños para irse al colegio, o escuela o al campo a levantar el azadón.

Porque dominar una pelota es como vivir eternamente jugando y no tecleando una calculadora o atendiendo clientes furiosos que no pueden descargar la aplicación más reciente para ver, sí, a los famosos.

La farándula es el catalizador social más importante del mundo occidental y ¿por qué no?, oriental, donde Bollywood y la liga de cricket arrancan pasiones. Las religiones tienen a sus famosos, a sus íconos. Entre Mahoma, Jesús, Abraham y Buda se disputan Likes y Followers.

Por eso es tan morboso cuando un famoso cae en desgracia, o se suicida, o va a juicio, o lo encuentran con otra/o, o no paga impuestos, o llora en cámaras, o le secuestran a alguien. ¿Saben por qué? Porque se puede ver en televisión la desgracia de un elegido por la Fortuna. 

Se puede ver a un ángel caído, un imperio en llamas. Un ahorcamiento en estos tiempos de Internet siempre es público, mientras las páginas de los periódicos mundiales suman con palitos los muertos por los conflictos y a nadie le importa. Tener depresión en estos tiempos no es una broma, pero sí que un país le pase bulldozer a un pueblo.

También se puede sentir compasión por alguien que encarna los sueños que nunca se cumplieron. Brota un manantial de empatía en el desierto de la acritud por la humanidad. Las que lloraron la muerte de Lady Di, lloraron por el sueño muerto de verse ellas mismas coronadas princesas.

Lloré la muerte de David Foster Wallace por el sueño muerto de mi talento. Siento un vacío por Amy Winehouse porque ya nadie más musicalizará la tristeza ni el exceso de esa forma tan grave y densa que asemeja el caviar del infierno.

El Olimpo sacrifica a sus hijos para gozo de los mortales. Esquilo, la gozarías tanto en estos tiempos perdidos donde el Coliseo queda en la 9a. av. y 9a. calle, zona 1, y los animales se sientan en las butacas a ser entretenidos por el pueblo.

martes, 26 de agosto de 2014

AGUA FRÍA SOBRE LA CABEZA: ICE BUCKET CHALLENGE


Se llama Antonio y es un tornero que recién despidieron en la Costa Sur. La empresa cerró operaciones y, de la noche a la mañana, 500 personas se quedaron sin trabajo y con una promesa de irles pagando las prestaciones a plazos, mientras su niña sigue pidiendo leche porque tiene seis meses, y su esposa ya tendrá tiempo para cuidarla, porque ella también trabajaba en la empresa venida a menos.

Llegó a pedir trabajo y allí está; se vino del sur a la ciudad con mujer, hija y casa a cuestas. Bueno, el menaje, muchas bolsas, una cama para los tres, un pequeño ropero y un gabinete donde mezcla ropa y trastes. La vida para el recién despedido es cosa seria y hay que mantener el flujo del dinero.

Le pidió ayuda a un vecino y cargaron sus pertenencias y a la carretera. Dejar el lugar de origen por la sobrevivencia. Muchos otros lo hacen para Estados Unidos; en este caso, su primera opción es la ciudad capital. Llegó un sábado por la mañana a buscar un cuarto.

Eran las ocho horas cuando el destartalado pickup entró en la Aguilar Batres y sus cosas venían mojadas porque les llovió en el camino. En la cabina venía manejando su amigo y adentro, su hija y su esposa. Él, en la palangana del vehículo tratando en vano de tapar lo poco, con insuficiente nailon.

Así mojado, sin desayuno, a tocar puertas y buscar alguna habitación. En póquer se llama a esto “All in” (todo adentro; es decir, apostar todo), no hay retorno. Me explica que esa decisión le impone un código de conducta, que tiene que hacer las cosas pronto y de buena forma. Antonio parece personaje de película, tiene algo de Vito Corleone.

Encontró albergue en un quinto nivel con gradas donde tuvo que subir a lomo y con ayuda de su amigo, sus pertenencias. Su cuarto es el de la limpieza en el techo de un pobre edificio de apartamentos cutre en la Reformita, zona 12.

Es la lavandería que, a ruegos, le alquiló la dueña del lugar a cambio de lavarle la ropa a ella, a su familia y por Q800 al mes. Su esposa, me comenta, ya contactó con los demás apartamentos para ofrecer sus servicios de lavado y planchado. Accedió un 75%, con eso cubren la renta.

Antonio se ríe cuando sus demás compañeros de trabajo le comentan que en la televisión vieron a muchos famosos echarse un cubetazo de agua para ayudar a unos enfermos. “Vos lo harías, Toño”, le increpa uno. “A diario, compadre: me baño con el agua fría de la pila, el agua fría te despierta y ubica y sin necesidad de andar de fariseo”.

Me cae bien Antonio, es un espécimen raro. Le seguiría a batalla.

martes, 19 de agosto de 2014

TRILOGÍA BARTOLIANA, RAFAEL ROMERO

(IMAGEN CORTESÍA DE WWW.SOY502.COM)

El Elegido, Chichicaste y Zánganos (todas publicadas por Editorial Alas de Barrilete) es una trilogía que parece ser un desatino, una historia hilada desde el vientre del periodismo amarillo más fluorescente que existe. 

Parece calcar a carbón algo que le contaron en el mercado, o la cantina, o la camioneta extraurbana, y transmitirlo con los mismos yerros temporales y narrativos.

Parece ser, en una lectura primeriza y sin ánimo de ir más allá, una historia que gira lejos del sentido original aumentando la ficción de los hechos reales. Esto está más cercano a la tradición oral que a la mayúscula Literatura de flema y ficha bibliográfica.

Rafael está en España, es un migrante que se dedica a escribir, vive en Madrid y, contrario a mimetizarse en el ambiente de las letras europeizadas, de buscar un gris lugar en las largas colas de la burocracia artística, se impone un estilo críptico para el resto de hispanohablantes, pero clarísimo para el guatemalteco de a pie.

Son estas obras un regreso al único espacio real que concibe el autor: la violencia, el desamparo, la soledad, la ternura de la hiena carroñera. Síndrome de Estocolmo del amor por una tierra que le vomitó al otro lado del Atlántico.

Allí reside el éxito de estos libros: un documento que encuadra un tiempo y un lugar, un retrato que se convierte en escena de fuego, atemporal, histórica. Es cine de autor, es vanguardia, es una obra que posiblemente le ataque los sentidos, que punce, que le tome del cuello y le confronte, pero de eso se trata el arte. De lo contrario, es telenovela, es pasajero todo.

A mí me gustan las trilogías. Son acaso lo que más emoción me da, en materia de entretenimiento y, por ende, no me molestan. Yo no soy un crítico, soy un consumidor de entretenimiento y, con esos galones, puedo decirles que mi memoria no recuerda haberse divertido tanto con tres novelas cortas al hilo, ni tan cercanas.

Hay en esto de las trilogías una escuela de cultura pop. Así entiendo y logro englobar la obra de Romero: es una serie de televisión, un sitcom, que nos ofrece capítulos de una misma historia en tres temporadas con desenlaces tan quiméricos que parecen reales.

Tiene Rafa una narrativa muy visual, muy amena que ofrece ver sus historias, sus capítulos, como escenas de cine delirante. Es una literatura que entretiene y que al mismo tiempo desnuda una realidad que no ha cambiado en muchos años. Esta trilogía podría haber sucedido hace 20 años y seguirá vigente dos décadas después de publicada.

* Extracto del prólogo de mi autoría, para la tercera parte de la trilogía, Zánganos.