La vida nocturna en Guatemala es un variopinto coctel donde se entremezclan opciones baratas como el hielo y caras como un Zacapa Centenario XO. En medio, de todo en la Viña del Señor.Este sábado salí con la idea de untarme un poco de esencia contempo enchant nocturno. Es decir, fiesta electrónica, pasada de bar y luces. Gente bonita y buena música. Clubbing. Night diner. Vasos altos y contenido de colores.
Para empezar, la gente es fea. La aborrezco. Se toman el papel con tal vehemencia que me asusta esta sociedad de engasados. Guatemala es como vivir en un eterno baile de disfraces.
Me explico. El cuidacarros es un extorsionador con una linterna que dice donde parquearse. Cobra mucho para que él mismo no raye el automóvil, robe el contenido del mismo, rompa un cristal, pase a cuchillo las llantas.
El bouncer, seguridad del antro, es un tipo de pene pequeño que transpola sus traumas a una figura de autoridad que te ordena qué hacer, cuánto tiempo esperar en la fila, ver de pies a cabeza a tu pareja e inflar sus biceps como sapos. Se alimenta de las mentadas de madre mentales.
Todo para que te deje entrar a un bar - discoteca - restaurante de moda con gente saliendo por las ventanas, meseros insoportables roba cambios, cobradores de propinas como si te la hubieran mamado. Y que te dan un vaso de piñata lleno de cerveza por medio millón de dólares.
Compartir espacio con un tipo que baila con estertores parkisionanos que le pega a la pared, la mesa, los tragos, las caras de sus acompañantes, su novia, la del otro, al otro. Y empezaron los morongazos cuando se le abalanza a calmarle el baile a trompadas.
O ver frente a tu persona, a una perra flaca que frunce el ceño por todo: por la música, por su novio, por la otra que está bien buena, por el otro que está bien bolo, porque no quiere estar allí, porque no quiere estar en su casa. Es decir, la malcogida.
Estoicamente me dediqué a tomar notas mentales de esa noche que ahora les comparto, tratando de sacar lo mejor de ella cuando se me presentaba inaccesible. Comentaba con mi acompañante, una ex compañera de labores, que hay que disfrutar esto lo más que se pueda. A pesar de nuestros años y ser padres contemporáneos de sendos críos.
Salir de fiesta es una necesidad. Pero cuesta mucho cuando te la ponen tan difícil las mismas personas que están allí para brindar un servicio de acuerdo a las expectativas.
No entiendo cual es negocio en no dejar entrar a la gente que viene a consumir. Ya adentro, que el cliente se mate con su propia mano, algo que le beneficia de sobremanera al bolsillo del especulador, digo, el dueño del antro.
A quien no le importa que muchachos trabajadores se pasen una noche de puta madre jineteando la tarjeta o su efectivo. Invitando a sus amigos, a las chicas de la oficina para que se den cuenta que "él puede" y las cuentas no perdonan.
Lo aspiracional alcanza, a mi criterio, su cúspide cuando se trata de divertirse. Porque nada dice más de una persona en lo que gasta el dinero para "pasar el tiempo". Y de eso se habla, no que se invirtió medio sueldo en arreglar el auto para ir a trabajar, o curarse una larga enfermedad. Pero sí vale llenarse la boca hablando de la mega fiesta de la noche anterior.
Emulando así a los riquillos que se dan la vida grande pero en otros lugares, menos los atorados antros de wannabes que todos visitan (visitamos).
Volviendo al trabajador... 10 horas de fiesta para comer mierda 14 días antes de recibir la siguiente quincena, día que pagan la tarjeta o salen de deudas. Fijo que a fin de mes, luego de las penas pasadas, lo que se quiere es meterse guaro con tal de olvidar la parida que se ha pasado. Y vuelve la burra al trigo y el coche a revolcarse.
El DJ es cosa aparte. Hay varios estereotipos. El de bar discoteca que programa un desfile musical que abarca desde el más reciente top 5 Billboard, hasta clásicos de reaggetón de hace un mes. Bocinas estridentes y misión cumplida. Este más que DJ, es un cambiador de discos. O apachador de botones del iPod, para no verme tan out.
El otro es el pinchadiscos torturado. Es decir, aquel que se vive quejando que nadie entiende el verdadero arte de escuchar música electrónica. Que todo es un proceso, que la fiesta respira, es un ente vivo compuesto de individuos que siguen los designios de ese Moisés a través del desierto de la noche.
Y entonces somete a una tortura de beats lineales a los asistentes siguiendo su ¿visión? compartida nada más por aquellos que se sumergen en las cálidas aguas del Ecstasy. Los otros, nos aburrimos en la sobriedad sin MDMA. No todos son iguales, aclaro.
Eventualmente me he topado con DJ´s de la talla de Max Graham que me hizo la noche cuando vino a tocar. O Básico 3 y Francis Dávila. Los Raves del Castillo en su época dorada y/o Música 502. Otros nombres que se me escapan porque realmente, estoy desactualizado y no tengo idea qué suena ni cómo, en ese mundillo. Tampoco quiero saberlo.
Por lo tanto, sugiero un anteproyecto de ley donde la UNE reparta a los fiesteros bolsas solidarias donde nos regalen, agua, cerveza, cigarros, sicotrópicos, condones, mapas de la ciudad y Q300 para taxis. Digo, el esparcimiento está contemplado en los derechos humanos (Artículo 24), así que seguramente encontraré eco en todos aquellos amigos del asistencialismo politiquero. Creando así el programa "Mi Fiesta Progresa".
Resumiendo, la noche sigue siendo mística. Pero no sé si en mis pasados años de desenfreno hacía caso omiso a estos detallitos que tanto afectan mi calma de ahora. Calma en el sentido que me gusta pasarla bien sin las variables anteriores. Una casa, amigos y amigas, música a nuestro gusto y bebidas al antojo.
Salimos tan poco, concluimos con mi querida acompañante, que lo poco hay que gozarlo. Eso sí, concluyo para mis adentros, no en la zona 10. La Zona Viva es una mierda. Yo me quedo con el Centro Histórico y su oscuro misticismo.
El vago que cuida el auto lo hace por unos pocos quetzales, la comida es de primer nivel, las bebidas al alcance de cualquier bolsillo, la mística es orgánica, no plástica. Nadie te veda la entrada a ningún lado y los nictálopes son relativamente amables e interesantes. Eso sí, la gente sigue siendo fea.
Pero eso ya es cuestión genética y la culpa nuestra por no ir a parrandear a Milan, Barcelona, Tokio, Nueva York o South Beach. Y uno que es pobre, todo se le antoja…






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