martes, 22 de abril de 2014

EL LIBRO


Mañana miércoles 23 de abril se celebra el Día Internacional del Libro, esos objetos tan atemporales para transmitir nuestra esencia humana. Si bien las nuevas tecnologías han venido a facilitar el acceso a la información, no le quitan el puesto como autoridad del conocimiento. Bueno, no siempre; ya vemos lo que pasó con el apócrifo de Manuel Baldizón.

Se celebra esta fecha porque coincidentemente ese día, en 1,616, fallecieron cada uno en sus países respectivos, William Shakespeare y Miguel de Cervantes, pilares fundacionales de la literatura en inglés y español.

Esta semana estará plagada de actividades relacionadas con el tema. Tendré participación en dos que me parecen muy interesantes y les invito para que me acompañen. Primero, mañana a las 19:00 horas, en el Centro de Formación de la Cooperación Española Antigua Guatemala (6a. avenida Norte entre 3a. y 4a. calles Poniente) presentaré el libro Zánganos, de Rafael Romero.

Este es el tercero de la serie donde nos habla de las correrías de Bartolo, sus encuentros y desencuentros en una sociedad abúlica como la guatemalteca. Pocos ejercicios tan interesantes en hilar tres novelas consecutivas bajo el mismo hálito y aliento. Su estructura discursiva y el lenguaje popular al que recurre le hacen brillar con una luz diferente de lo que se está haciendo actualmente.

Repetimos la presentación en caso de que no pueda llegar a la Ciudad Colonial, el viernes 25, a las 18:00 horas, en el Museo del Ferrocarril (9a. avenida 18-03, zona 1, frente a la Plaza Barrios). Haremos exactamente lo mismo; creo que hasta repetiremos los mismos chistes.

Mientras que el jueves 24, la librería Sophos también me invitó a participar, en su semana de celebración al libro, en una pequeña charla acerca de los diálogos entre dos plataformas distintas, pero intrínsecamente relacionadas entre sí: la literatura y la televisión.

Para esta actividad estaré compartiendo podio con Luis Fernando Alejos, gran escritor de vena pop y con un bagaje televisivo impresionante. Los diálogos en tecnologías y artes son más intensos de lo que uno podría imaginarse. Habrá libros relacionados con el tema. Le esperamos. Recuerde, celebrar al libro no le hace hipster, y regale una rosa.

martes, 15 de abril de 2014

ANTES DE SEMANA SANTA


Es domingo en un restaurante de moda en las periferias de la ciudad y una señora almuerza sola, lee el periódico y pasa las hojas lentamente; se detiene en las páginas de chismes nacionales, lee de más la entrevista con un personaje intrascendente como todo en este país.

Es amable con los comensales, le adivino la soledad, mira a todos lados con la esperanza de ver materializada la cara de alguien conocido en el recinto. Es vivaz y sonríe constantemente.

Come opíparamente; es de generosas carnes y charla larga, que entabla con la mesera que le atiende con una rápida sonrisa y ciertos nervios de tardarse tanto en esa mesa y desatender al resto de comensales.

Su angustia es por un posible regaño del jefe de meseros que se adivina un cretino; pero todo será olvidado cuando ella deje un billete de Q200 como propina, pero más como retribución por escucharle un poco un domingo por la tarde en vísperas de Semana Santa.

Habla del gato, del lastimado gato de la semana pasada cuando unos trabajadores outsourcing para Claro lo lanzaron 30 metros por los aires y cayó con pocos golpes por la gracia felina de ser ágil y misterioso. Pocos, es decir, que se rompió una pata y los dientes. Pocos golpes para tremenda caída. Hasta un ave hubiera muerto.

“La gente es una eme; esos patojos son unos malditos mareros”, sufre la doña que se me hace tan buena persona. Una persona de fiesta, de vida, de noche. La creo con resaca porque deglute un jugo de tomate preparado con medio iceberg adentro. Suda.

“Son igual que esos animales del hospital que abusaron de un niño; son una eme todos”, sigue hablando para sí misma, y niega con la cabeza desaprobando esto, la sociedad que se desboca y ofende por un gato que sufrió de bullying, pero que se hace de la vista gorda con noticias como la del niño maltrecho para siempre.

Da más pereza desanudar las causas del delito al menor, que lo del gato. Y eso que yo me ofendo también, porque me gustan los felinos, pero lo del niño violado en un hospital es duro, durísimo. 

Y nos acostumbramos a eso, a las violaciones, a los desmembramientos, a los choferes muertos, a los 15 cadáveres diarios, al robo del erario nacional, a los periódicos con fotografías sangrientas, a dejar que las autoridades de la universidad estatal avalen el plagio como condición natural para la academia.

Una sociedad así procrea ciudadanos capaces de dispararle a los perros de la calle o de lanzar gatitos por los aires por el gusto de hacerlo, de manejar a 100 k/h en una ciclovía sin miedo de matar a un peatón o a un ciclista. Todo es sintomático, alegamos por esta tremenda resaca y que hay que eliminarlas del mundo sin entender que la noche anterior, nos emborrachábamos de ignominia. Con los licores del valeverguismo.

Ciudadanos incrédulos que votan por colores diferentes cada 4 años, pero por los mismos cretinos cortados con la misma tijera del nepotismo, clientelismo y corrupción. “El alcalde adoptó un caballo; parece que quiere seguir criando animales”, ríe la señora y mira a todos lados para ver si alguien escuchó su venenoso comentario, pero no.

Un partido de voleibol de playa sucede en ese momento; mira largamente al deportista de músculos cincelados, con tatuajes. Largo trago al jugo de tomate frío.

jueves, 10 de abril de 2014

PRINGLES Y TERCIOPELO

Muchas cosas vi en esa casa grande de la colonia Mariscal. Era grande para mi tamaño y yo era un niño. La señora que me cuidaba allí era la mamá de mi padrino Miguel Ángel, y por antonomasia, mi madrina Consuelo. La madrina Connie.

Su voz era única dulce y rasposa, su cabello largo agarrado en una bola en la parte de atrás de la cabeza, estilo bailarina, sus gafas de cadena y su flaca figura me recibía con alegría cuando me dejaban para que me cuidara y ella me atendía en esa casa de muebles refinados y con volutas al final de los apoyadores de brazo. Emulando estancias victorianas, ese diseño de ostentación y elegancia que algunos hogares presentan mirando sobre el hombro.

El sillón de terciopelo corinto en el que me gustaba dibujar. ¿Han pasado los dedos en sillones de terciopelo? Se forman figuras cuando se peina al contrario y ese era mi lienzo donde hacía seres de palitos que borraba de un pasón de mano, un Etch A Sketch orgánico.

Allí vi por primera vez altas libreras tupidas de libros de cabo a rabo. Nunca pensé que nadie pudiera leer tanto en la vida. Olía los libros forrados en cuero y fue fetiche instantáneo. Como les dije, muchas cosas por primera vez.

Allí probé por vez primera las Pringles y fue un amor inmediato con esas papalinas onduladas y crocantes. Papas y Coca Cola. Mi madrina Connie me daba en una porcelana la fabulosa refacción y yo me sentaba en la nube roja y mullida de terciopelo a comer lentamente las hojuelas de papa y sentir el gas carbónico invadir mi boca con el dejo dulzón de la bebida.

Movía mis pies que colgaban desde la orilla del sillón al ritmo militar de un reloj de cuco que hacía sonar ese péndulo de izquierda a derecha, comiendo la cadena del peso. A cada hora salía el avecita de madera a hacer su canto a avisar que el tiempo pasa. Mi madrina Connie me enseñó a usar los relojes. A leer la hora, a entender el tiempo, a saber su marcha.

Me explicaba que así funcionaban los trenes en Estados Unidos: si decía que llegaba a las 15:03 horas, a esa hora llegaba y que para eso servían los relojes: para la certeza de las llegadas y partidas. Paraba el péndulo, jalaba hacia abajo la pesa y empezaba a subir nuevamente la cadena por la rueda de escape y al áncora bailando de un lado a otro. Tic toc, tic toc.

Me prestaba los juguetes con los que jugó mi padrino de niño. Una colección de trenecitos de hojalata y de autos pequeños con diseños norteamericanos. Allí supe del transcontinental que sale de San Francisco y termina en Albany. Armar los rieles como se arma un futuro. Desarmarlos como se guarda un juguete. La vida es un juego sepia. 

Ella murió dormida a principios de marzo de este año. Tenía alzhéimer y una silla de ruedas, unas manos amorosas y suaves que me enseñaron a usar relojes y me alimentaron con parsimonia. Escribía su nombre en los sillones de terciopelo para enseñarme a escribir el mío. 

Eso recuerdo de la casa grande llena de libros de cuero. Eso recuerdo de ese tiempo en que un ave breve daba cuenta de mis tardes. Un reloj ha dejado de caminar para siempre, somos la chatarra del tiempo.

martes, 1 de abril de 2014

ACUMULADOR


Abro mi correo electrónico y me descubro un acumulador. Tengo decenas de miles de ellos, guardados para un propósito mayor que algún día encontraré. Siempre pueden servir y allí están apilándose, bit por bit, con información muerta.

De tanto comprar y perder USB desistí de adquirir esos cofrecitos, llaves digitales que me daban acceso a todo y nada. Nadie sabe en qué cantidad de cafés Internet los dejé olvidados y que persona se rió al leer eso, o de un vil y rápido formato, se perdió para siempre esbozos de poemas y relatos.

Mi cuenta personal se convirtió entonces en una caja fuerte, allí escribo. Ya casi no uso el procesador de palabras Word para escribir, al menos que sea para presentar trabajos lo que sea lo escribo en los borradores de correos y ya después, archivados, se acumulan al igual que los correos.

Hay allí, esbozos de novelas, protopoemas, direcciones web de páginas que nunca visitaré, borradores de cartas que nunca fueron enviadas. Es un caudal de información que engorda esa playa llamada Internet.

Pero ahora que lo recuerdo, no es la única forma de acumular que tengo. De adolescente recortaba trozos de periódicos que guardaba solemnemente en fólderes; era un ritual para guardar aquello que valía la pena, según mi incipiente criterio.

Todo lo guardé en un cartapacio que encontré hace muchos años. Vaya hallazgo. Ando guardando mi asombro para después, es una forma de no morir, talvez. Los boté, era imposible enfrentarme a tanta ternura.

Me sucede igual con los libros, que acumulo para ir consumiendo a bocanadas, a trozos como una Shelob que acumulaba cuerpos para devorarlos lentamente, succionando las entrañas hasta dejarlos secos. Soy un parásito del conocimiento, un predador que vuelca su furia contra esos indefensos objetos cuadrados.

Hallaron hace más de 10 años un cofre en la biblioteca de Lisboa con cientos de cartas, poemas, narraciones de Fernando Pessoa en un lenguaje y escritura críptico. Los estudiosos siguen desmenuzando ese fósil de muchas voces, del rey de papel de los heterónimos.

Pessoa acumulaba gente en su cabeza y dejó constancia de eso hace un siglo. Yo acumulo direcciones web para no ser visitadas nunca, borradores que nunca verán la luz, los nuevos filólogos serán los hackers.

Octavio Paz me daría la razón; ayer hubiera cumplido 100 años de vivo Paz. Yo conocí a Pessoa gracias a él y su traducción que hizo de Tabaquería. Es la única Biblia que creo, ese poema.