lunes, 8 de junio de 2015

LUNES DE SUPERMERCADO EN LA NOCHE



Que la vida es esto y nada más. No hay genio en los lunes que pasas al supermercado a comprar las breves cosas que hicieron falta el domingo. Ya para qué, no son necesarias porque las necesidades y el antojo de hace 24 horas no son los mismos que la desidia de este instante.

Está lloviendo y tengo una faringitis aguda culpa de la natación y gritar en el partido de fútbol del sábado, me da fiebre, accesos de fiebre que me hierven momentáneamente los ojos y me hacen sudar como si todas las enfermedades del trópico quisieran salirse de mis poros. Una caja de pandora viviente. Una momia viviseccionada.

Tomo la canasta azul del supermercado y repaso el listado por dentro. Necesito pan, tocino, champú, irme lejos, inmolarme al sol, galletas. Hombres tristes circulan en una marea lenta por los pasillos del super a las ocho de la noche, somos varios y algunos llevan la corbata derrotada, colgada de un cuello para no irse a la mierda.

Veo un punk que ha visto mejores días, pero ¿cuándo un punk, lo ha hecho? Igual, este está en la mierda porque empuja una carreta llena de pañales y artículos de bebé. Bienvenido a la vida, hermano, allá afuera no son tres acordes ni rabia, es llanto y caca de bebé. Es una mujer niña que te mira descocida en sus piercings pensando que ya nunca se fueron al CBGB cuando hace años fue demolido.

Me río lentamente al ver al crío más perdido que yo. Allí un conductor de televisión que siempre va sonriente y ama a los animales y es marica, saluda a todos porque es su deber hacerlo, es su prerrogativa, es su secreto, es su sueño que anhela más que nada. El universo conspira si tu te dejas. Yo tengo la barba desaliñada y whisky dentro de la canasta azul.

Qué va, allá la única clienta de esta manada de divorciados que damos vueltas por no hacer nada. Es guapa y tiene tres niños con su esposo, tiene problemas con su hijo más grande. Lo sé porque fue la psicóloga de mi hijo y sincerándose conmigo me lo hizo saber para que yo me sincerara. No supe que decir. Dos citas después mi hijo pidió cambio de terapeuta y ella me culpa a mí. Me ha volteado la cara con desagrado.

Tip para conocer a un divorciado: toma una hogaza de pan y la examina. No sabe nada de panadería, busca la fecha de vencimiento, la más lejana para elegirla. Los divorciados elegimos las fechas más distantes para darnos tiempo. Tiempo a que las cosas se pudran lentamente y que logremos consumirlas. Yo siempre quiero mi casa llena porque así me lleno yo.

Podría sobrevivir con lo mínimo. Pero no. Tengo dentro del refrigerador un manojo de tomates manzanos arrugándose, albahaca ennegreciéndose, queso fermentándose, jamón curado, curándose más, jugo de naranja bordeando peligrosamente convertirse en ácido cítrico al cien por ciento, galletas aguándose, y una cuenta de energía eléctrica, sumando y sumando.

Por las noche salgo con un bote de insecticida a rociar animalejos rastreros, a escuchar al vecino de arriba escribirse tres horas seguidas con su novio, a sentir el aroma de tabaco del vecino de al lado que le dejó la mujer con su bebé y ahora sólo fuma el muchacho, fuma y fuma. Bienvenido a la vida, hermano.

Llueve y es hora de irme, sin antes comprar antihistamínicos para que me den sueño y me duerma con la televisión encendida, para tener alguna voz que me hable y hable hasta el hastío, que es lo mismo que el sueño, ese refugio para pasar la página diaria.

Destapo el paquete de tocino y parado veo como lentamente se empieza a freír, flotando en sus jugos grasientos, le doy vuelta, y otra y otra. Una rodaja de pan y lo pongo allí. No me he movido de frente a la estufa, no necesito otro lugar, sirvo un largo y rubio chorro de whisky en el vaso y me tomó los antihistamínicos.

Sabe bien mi pan. Está crujiente y grasoso. La vida es esto y nada más.