martes, 24 de diciembre de 2013

ANTINAVIDAD 2013


Qué arisco que soy. Le tengo miedo a las masas, temo por mi estabilidad mental frente a la muchedumbre, me siento morir aplastado por esa manada de almas que se vuelcan a las calles con el único fin de acabar con todo, de comprar lo incomparable y matar para siempre el mercado. La peste de las langostas del consumo. Alimentan con fuego al incendio.

Estos días de recogimiento son todo lo contrario, el mundo está inquieto y la gente se mueve hipertensa por las venas de concreto de esta ciudad enferma, se coagulan en sus órganos más importantes, los malls, los mercados, los centros comerciales. Circulación lenta, sangre espesa y caliente de rabia, la morcilla humana.

Cuando usted lea esto, tendrá tiempo de estar funcionando como tal. Es usted, quiera o no, un eritrocito de la urbe y los cerros se arrancan los pelos. Es en la ciudad donde se genera, de tanto funcionar, el callo de un país. La histeria es el síntoma de que una enfermedad carcome a sus habitantes. Por estas fechas los seres humanos son una droga dura que pone a mil el corazón, dilata los ojos y causa síndrome de abstinencia.

Miren a esa señora espumeando insultos mientras carga un bebé que llora asustado, empuja un carrito de supermercado con una niña adentro que vacía las bolsas de las compras en la acera buscando una muñeca que va envuelta en papel navideño. La gente pasa y patea indolente los productos. Esa señora se arrepiente de ser madre, de haberse casado de vivir acá.

El hombre sentado echando humo adentro del auto pescando un parqueo, hierve de calor bajo el sol decembrino y el auto carbura. Se pelea como cabro con otro cabro frente a frente, para ocupar un espacio recién liberado. Ninguno retrocede, nadie cede espacio, los guardias pitan infructuosamente, las bocinas de los otros integrantes de la manada ofrecen un concierto dispar, horrible. Es una selva humana y esa es un espanto; la selva verde, es una sinfonía ecuánime. Esos hombres se quieren bajar de los autos y molerse la frustración a golpes.

Los cachorritos de la especie se pierden a placer en la confusión. Acá los predadores son invisibles y madres y críos mugen buscándose mutuamente, los chillidos provienen de marabuntas de personas y la angustia crece. Imagino la cantidad de muertos que habría si en este preciso momento ocurriese un temblor fuerte: los animales asustados pasarían unos sobre otros rumbo a la calle, aplastando a los más pequeños del ganado. La gran tragedia de Navidad, titularían los periódicos. 

¡Oh fatuo destino! Las cajas de cobros parecen atolladeros de ñus frente al río Mara, pacientes, las tarjetas de crédito se alimentan de los más débiles, los olvidados, los incautos, los ciegos, los que caen en los cantos de sirenas. Firman frente a empleados cansados y displicentes un pacto con el diablo, no pagarán y los intereses sobre intereses serán cocodrilos que regresarán a devorarles mes a mes, lentamente, grandes pedazos de carne, girando, arrebatando la paz.

La paz es cosa de la religión, los hippies y tratados engavetados de una guerra que aun vive. Es la salud de un moribundo, mermando por una herida que no cierra porque a nadie le importa morir, siempre y cuando sea frente a una pantalla plana que lee el pensamiento y cambia canales al mover un dedo y se conecta a Facebook. La paz es la ignorancia de saberse vulnerable en un mundo caníbal.

Si esto es la Navidad, tengan ustedes entonces, una muy feliz Antinavidad.

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