jueves, 2 de mayo de 2013

LA LLAMA DE LA SOBRIEDAD



Recordando en una oportunidad que viví en un cuarto nivel en la zona 1, tenía acceso a la calle por medio de una ventana de celosías donde se colaba el mundanal ruido. De buses durante el día y fantasmas de noche.

En ese tiempo, recién me había visto en la necesidad de hacerme escritor, porque no tenía trabajo y los desempleados sienten ese llamado al arte que no es otra forma que atarse una piedra al cuello y lanzarse al agua sin saber nadar. Pocos sobreviven, otros nos quedamos sentados en el fondo y desarrollamos branquias.

En fin, la cosa es que durante las noches, principalmente de lunes a miércoles, se escuchaban gritos desgarradores provenientes de la casa de enfrente donde funcionaba una casa de recuperación de alcohólicos y drogadictos con el sugestivo nombre de La Llama de la Sobriedad.

Algunos versículos pintados a mano en las paredes ocres, escritos con pincel blanco y puertas cerradas, balcones y alambre de púas. El techo tenía toda suerte de implementos que estorbaban en el inmueble, algo que solo los del edificio de enfrente mirábamos al estar a mayor altura que la casa.

De lunes a miércoles, como les decía, principalmente de noche, llegaban autos que bajaban a gente intoxicada para hacerles pasar por un proceso digno de entrenamiento militar para que dejaran de una vez por todas el licor o las drogas. Eran familiares de los indispuestos que buscaban que les “curaran a sus enfermos”.

Las personas gritaban fúricas, posesas, luchando con su fuerza disminuida con los pocos accesos a la realidad que el licor y las sustancias les permitían. Vi a una señora indígena rogando a su hija que no la dejara, a un señor que lo llevaban envuelto en un colchón de cama que profería los insultos más barrocos que he escuchado.

Lágrimas, llantos descontrolados, gritos, que se seguían escuchando durante horas hasta que el alma quebrada del paciente daba paso al sueño. Y los días. Y los días. Logré ver salir a dos o tres de los ingresados: el fuego de antes se esfumó, tenían ojos perdidos y la piel gris. Perder la llama interna es apagarse.

Yo escuchaba todo eso y soñaba con sus excesos, viendo la gran fiesta de la vida libertina, de la eterna sed que ningún licor sosiega; de gente durmiendo mientras camina, idiotizada por la religión de la droga. Esos gritos azuzaban mis demonios y así escribí poemas feroces que aun aúllan, como ellos, las calles.

1 comentario:

Giovanni Chajon dijo...

Me llega que estés al tanto de donde podrías terminar tus días, en una de esas, si te encuentran bien socado terminas envuelto en un colchón de cama plegadiza arrojando por un extremo cual burrito de frijoles o mejor dicho, como baleada catracha, con el huevo bien adentro (la baleada es usualmente de frijoles con huevo, que conste), Saludos master Splinter y demás allegados, estaba viendo que en el mapita de los visitantes del sitio soy el que más al norte está, por cierto tuve la oportunidad de ver uno de los sitios de recuperación (shute que soy, porque nací en la guatecapital) aquí en el norte del norte del norte y las instalaciones me parecieron que son más chileras que el mejor hotelito de los del interior de guate, pero tampoco voy a terminar en uno de esos.