jueves, 25 de julio de 2019

CRÓNICA DE UNA TARDE DE SÁBADO

La gran ola de Kanagawa (1833), Katsushika Hokusai.

Hay plantas en el jardín.
Sábila.
Corto un pedazo y dejamos que escurra la hiel de las horas, amarilla como la tarde.
La corto en pedazos y lanzas tu cabellera para atrás, una catarata de agua negra y cierras los ojos.
La tomo en mis manos y la domo, lento con mis dedos.
Te pongo el fluido vegetal y visceral en la cabeza, tu pelo deja de moverse y se hace fotografía, mis manos te masajean la cara, al compás del hastío de la tarde.
No tenemos nada que hacer, sólo estar allí, dejando que el sábado ocurra.
Hay música de fondo y algo suena, compases y versos, milongas.
Hay una jofaina y dejo caer agua clara sobre tu cabeza, lavo tu cara, tu cuello, los hombros.
Mira, allí tienes una espinilla y la quito, haces una mueca de dolor atómico, veloz y cierras los ojos porque ya no hay mundo más que este.
No decimos una palabra, existimos por la piel, el tacto lo dice todo y reímos en silencio, viéndonos.
La ducha es un vientre húmedo que se abre a nosotros, hay calor en la tarde y hay agua caliente que espera.
Somos dichosos: tenemos agua caliente y tiempo.
Estamos adentro y la regadera nos baña con líquido hirviente y nos quema y reímos y nos olemos, la suavidad de nuestra piel, de nuestro lenguaje.
Poso mis labios en tu frente y cierro los ojos pensando en todo lo andado para llegar acá, a la ataraxia.
Miento.
Hay deseo y es ese deseo lento que nace en el ombligo y pulsa como hiedra.
Colibríes reemplazan la sangre en las venas.
Siente el agua por primera vez.
Cada gota explotando en tu elástica piel es un nacimiento.
Mis labios en tu frente y mis manos en tu cara.
Respiras por la boca y tus manos trepan mi espalda.
Estamos frente a frente, pegados, siento tu cuerpo y nos separa el agua.
Nos resbala las pieles y una ola mutua se abalanza. 
La gran ola de Kanagawa nos une.
Nuestros cuerpos desnudos, parados, son los pilares olvidados de Ozymandias.
Shelley escribió sobre nosotros, sobre esta tarde de sábado.
Te das vuelta y dejas que mi mano suba a tu cuello y te sostenga con fuerza.
La bajo lentamente por tus pechos y ombligo. Llego al sexo y te sostengo.
Abres la boca buscando aire.
La sábila te ha penetrado desde arriba y ahora escurre en medio de tus piernas.
Visceral y vegetal, estas floreciendo a través de la boca y ojos.
Me hinco a ese altar, a presenciar la aurora boreal.
Tus manos son navíos que exploran el oscuro mar de mi ser.
Tu boca el Kraken que me consume.
Ya está anocheciendo, tu cuerpo luminoso se oculta bajo el mío.
Los vecinos preguntan sobre el barullo.
Hay eclipse y la Vía Láctea escurre de ti al universo.
Hay risas.
Hay comida y vino.
En la noche vimos un programa de televisión.

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